Estas en:
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size
Search

Uppercut. Olivia + Privitera

E-mail Imprimir PDF

Me habían echado del trabajo. Después de un letargo de meses en pijama pensando en la clave de la vida, un día me desperté lúcida y anoté la siguiente conclusión: tiempo y energía son mis dos recursos preciosos, de cómo los combine resultará mi posibilidad de ser feliz, o al menos de intentarlo.

Y me sentí contenta, degeneradamente contenta: había cambiado la culpa por la voluntad de disfrutar. Me levanté de la cama y me puse a saltar con los brazos en alto, los puños cerrados, la cara de mala, yo era la boxeadora, yo, la Rocky Balboa, yo, la que volvía a noquear, a disfrutar de esos dos recursos, que se van, se van, se están yendo.

Me saqué el pijama y, con la cara mojada, frente al espejo, ensayé mis uppercuts: podía escribir, dibujar, sacar fotos, lo que sea. Tiempo y energía no me faltaban. Entonces agarré la cámara de fotos, la luz era hermosa, encuadré los cactus y al fondo un edificio en construcción y traté de disparar la máquina pero no tenía rollo. Podía dibujar, se sabe que para dibujar no hace falta casi nada, con mis lapicitos de dos centímetros de largo podía lograrlo. Pero no, no pude. ¿Escribir? Podía, pero no con los dedos tecleando la madera de la mesa donde tenía la pc antes de venderla. Me sentía como una semilla. El tiempo y la energía estaban de mi lado. Me faltaba un poco de agua y tierra para germinar. Me calcé el jogging, y con la bolsita de ahorros fui a comprar las herramientas que necesitaba. Quién le negaría eso a una semilla.
Era, lo supe en el camino, domingo, 7 de la mañana. Había jóvenes desmayados en el palier del edificio. Barras de chicos que pateaban botellas. Las chicas caminaban abrazadas de a 4 o 5 para no caerse. En la esquina de una disco se había improvisado un ring, dos chicos se molían a palos sin saber el motivo. Yo, la boxeadora, aunque me sentía joven, ya no pertenecía a ese mundo. Me habían salido unas distinguidas patas de gallo en las sienes, tenía canas sueltas por ahí y surcos en la frente. Y, aunque no le impute a la edad estos estigmas sino al viaje de los meses a través de la depresión, para ignorar el tiempo perdido, además del rollo y los lápices, resolví comprar una crema antiage.

El comercio que encontré abierto, Farmacity, no vendía lápices ni rollos de foto así que me gasté la plata en la crema. 3 pesos con 90 fue lo que me sobró. Con eso tenía que conseguir mis herramientas, pagar la psicóloga, comer y comprarle la comida al gatito que mis amigas me regalaron al verme tan deprimida. Decidí comprar el diario. El gato podía cazar. Volví a casa y como me había despojado del sillón me tiré en el piso a leer los clasificados. Tiempo y energía eran mis dos recursos preciosos, los únicos, pero ahora los tenía que invertir, y bien. Sabía que no sólo la crema, los lápices y el sillón sino cada comida iba a tener que pagarla, y eso es algo que me sigue aterrorizando, que el dinero es lo más abstracto que hay pero no hay supervivencia si no está, materialismo puro y básico.

Lo primero que conseguí fue una entrevista en un call center. A pesar de ir con mi cara alisada por la crema y pasar por una serie de interrogatorios y juegos de rol donde tuve que crear un personaje para que fuera elegido como uno de los tres sobrevivientes de la tierra, no me contrataron. Mi creación, una niña mutante capaz de alimentarse de los rayos cósmicos, no fue elegido por el resto, que prefirió a Teresa de Calcuta (por su generosidad), a Favaloro (por su inteligencia) y a Gabriela Michetti (por otra cosa). Yo por mi parte había elegido al chico que había decidido ser Madonna y a la otra muchacha que se contentaba con ser un elefante. No pasé la entrevista psicológica.
Después de atormentadores (y fallidos) procesos de selección de personal, decidí abrirme paso por mi cuenta. Tiempo y energía estaban de mi lado, la luz estaba de mi lado y además estaba contenta, estaba furiosa, estaba saltando frente al espejo, dándole uppercuts al mentón de mi propia decadencia, decidiendo hacer aquello esencial para vivir, es decir, escribir, intentar comunicar con honestidad mi percepción del mundo, inventar el lenguaje necesario para hacerlo, aunque tuviera, como ahora, que pasear perros y levantar su caca hirviendo de las veredas, aunque tuviera que aguantar a mi hermano- el-diseñador-gráfico diciéndome ponele onda, como si él se dedicara de verdad a salvar el mundo, y gratis. Me decía (me dice): conseguite un trabajo, un trabajo de verdad, después tenés toda la tarde para hacer lo que te gusta (mi hermano no sabe qué nombre ponerle a una actividad en la que se invierte mucho pero no genera dinero), porque lo que hacés  lo hacés porque te gusta, lo hacés por amor, amor al arte, ¿no? Con la típica intolerancia del que eligió una profesión en alza, no comprende mi necesaria bigamia, mis dos amores que se complementan y se necesitan el uno al otro para que el tiempo y la energía y la luz sigan estando de mi lado: amor al dinero y amor al arte.
Así que meses después de haber abandonado el pijama, de haber tenido un destello  de lucidez, la cara de mala se me transformó en una incorregible mueca de ansiedad, y parezco ahora una boxeadora sin brazos, cuyos uppercuts no pueden superar un plano mental, porque no hay materialidad que los sostenga, y eso, lejos de ser zen, es más bien una sombra que crece.

Termino esta historia citando una frase de Luciano Lamberti: “El que lleva consigo una misión se transforma y crece con ella. Todo lo que hace es un pálido reflejo de lo que podría hacer.”

Eloísa Oliva  
Agustín Privitera

 

Agrega tu comentario

Tu nombre:
Tu sitio web:
Título:
Comentario:
  La palabra para verificación anti SPAM. Letras minúsculas sólamente y sin espacios.
Palabra de seguridad:

Un pequeño deseo - colección 08/09/10/11


Ya está disponible la colección de nuestra publicación en papel Un Pequeño Deseo

+ info / pedidos / consultas: updcasa13@gmail.com

 

 

Souvenirs Un pequeño deseo

Souvenirs de Un pequeño deseo

 


pequeño deseo

Menos mal que existe algún deseo desconocido aún. Alderete y Balangero

Un pequeño deseo tiene todo que ver con la motivación, tiene que ver con el deseo de encontrarse contenido en casa13, esa versión (inédita) de casa donde uno es bienrecibido, incluso cuando ni siquiera hace demasiados méritos para tal cosa. Editar en la casa tiene que ver con el deseo de dar y recibir en ella, y la motivación para los editores se vincula con la necesidad de pertenecer al lugar que sentimos deberíamos pertenecer.

Leer más...

trece radio