Piano, bajo y voz, no recuerdo en qué orden, es como empieza la canción de Bowie.
Ch chc ch changes, fue lo primero que se me vino a la mente cuando Aníbal me propuso pensar una muestra desde un rol distinto al cual uno está acostumbrado, el de artista por curador.
Más allá de la referencia al cambio o a cambiar que en la letra del tema se habla, traté de seguir el misterioso sendero que la intuición había marcado y me propuse hacer foco en la incógnita del por qué no una canción, o más ampliamente hablando, la música, pueda llegar a funcionar como representante válido de una hipotética muestra de arte contemporáneo.
La respuesta a esta pregunta se halla escondida en la producción de los tres artistas que integran la muestra.
Alejandro Tosso nos presenta un fragmento de una video instalación que consiste en la proyección en línea de tiempo de todas las fotos que sacó desde que compró su cámara digital en el año 2005. Estas imágenes fotográficas, presentadas sin ningún tipo de edición, van a una velocidad tan rápida que, como el principio del cine lo indica, la sujeción de muchas imágenes fijas, en velocidad constituyen un movimiento. Todo este trabajo de Alejandro, que en definitiva habla del lenguaje fotográfico en sí mismo, se ve alterado y enriquecido en el momento en el cual él construye una banda de sonido tan obsesiva y meticulosa a estos tres años de fotos.
Martín Legon se aprovecha de las facilidades que la tecnología nos provee en estos tiempos, y nos ofrece unos 50 CDs grabados con tres canciones cada uno elegidas por el artista. Sin ningún tipo de indicación del contenido de los mismos, los discos están puestos a disposición del espectador para que éste elija y compre alguna de las misteriosas ediciones de Martín al módico precio de 2 pesos cada uno.
Por último, Nico Bacal nos presenta un derrotero de prácticas artísticas tan mínimas y contundentes que quitan el aliento, como puede llegar a ser su “abrazo de cassettes” o la intolerable e inescuchable “canción de amor”, una especie de bing bang sonoro compuesto por numerosas pistas de canciones que hacen alguna referencia hacia el amor como temática, pero reproducidas todas simultáneamente.
La pregunta que dio punto de partida a esta experiencia tiene como resultado este tipo de obras, y, esperemos que también, a su también curioso y creciente público.
Estanislao Florido
Ch chc ch changes, fue lo primero que se me vino a la mente cuando Aníbal me propuso pensar una muestra desde un rol distinto al cual uno está acostumbrado, el de artista por curador.
Más allá de la referencia al cambio o a cambiar que en la letra del tema se habla, traté de seguir el misterioso sendero que la intuición había marcado y me propuse hacer foco en la incógnita del por qué no una canción, o más ampliamente hablando, la música, pueda llegar a funcionar como representante válido de una hipotética muestra de arte contemporáneo.
La respuesta a esta pregunta se halla escondida en la producción de los tres artistas que integran la muestra.
Alejandro Tosso nos presenta un fragmento de una video instalación que consiste en la proyección en línea de tiempo de todas las fotos que sacó desde que compró su cámara digital en el año 2005. Estas imágenes fotográficas, presentadas sin ningún tipo de edición, van a una velocidad tan rápida que, como el principio del cine lo indica, la sujeción de muchas imágenes fijas, en velocidad constituyen un movimiento. Todo este trabajo de Alejandro, que en definitiva habla del lenguaje fotográfico en sí mismo, se ve alterado y enriquecido en el momento en el cual él construye una banda de sonido tan obsesiva y meticulosa a estos tres años de fotos.
Martín Legon se aprovecha de las facilidades que la tecnología nos provee en estos tiempos, y nos ofrece unos 50 CDs grabados con tres canciones cada uno elegidas por el artista. Sin ningún tipo de indicación del contenido de los mismos, los discos están puestos a disposición del espectador para que éste elija y compre alguna de las misteriosas ediciones de Martín al módico precio de 2 pesos cada uno.
Por último, Nico Bacal nos presenta un derrotero de prácticas artísticas tan mínimas y contundentes que quitan el aliento, como puede llegar a ser su “abrazo de cassettes” o la intolerable e inescuchable “canción de amor”, una especie de bing bang sonoro compuesto por numerosas pistas de canciones que hacen alguna referencia hacia el amor como temática, pero reproducidas todas simultáneamente.
La pregunta que dio punto de partida a esta experiencia tiene como resultado este tipo de obras, y, esperemos que también, a su también curioso y creciente público.
Estanislao Florido









