Se trata de hablar sobre la continuidad de los proyectos artísticos cordobeses. Pienso cómo encarar estas líneas y las opciones que encuentro me llevan irremediablemente a dos lugares parejos en su incomodidad: el del analista y el del protagonista; o bien hablar en términos generales, o bien focalizar en la propia experiencia.
El primero conlleva mayores riesgos y requiere destreza, en tanto el segundo es un lugar más seguro, espontáneo pero probablemente menos interesante para el que lee que para el que escribe… Así las cosas, creo que lo mejor será pivotar entre ambas posiciones; declarando con esta situación inaugural la relatividad extendida del texto que continúa.
Voy a acotar lo artístico a las artes visuales y fundamentalmente al ámbito de la Fotografía, al que estoy más vinculado, y lo de proyecto a proyectos de producción personales, más que grupales, colectivos o institucionales.
Una pregunta posible y básica para abordar el tema, sería qué factores posibilitan la continuidad de los proyectos artísticos. Dejando de lado todo lo inherente a la actividad del artista en tanto creador, se podrían establecer, básicamente, dos “condicionantes externos”: la financiación y la circulación. Concretamente, con qué recursos económicos produce el artista y qué visibilidad (y en el mejor de los casos qué inserción en el mercado del arte) tiene su trabajo. Creo que en Córdoba, estos factores, no son ni tan “condicionantes” ni tan “externos”. No existiendo prácticamente políticas privadas o públicas que apoyen “realmente” la producción y siendo tan inciertas las posibilidades de exhibición y comercialización, supongo que ningún artista puede supeditar a ello el desarrollo de sus proyectos. Así, la pregunta tiene, en primera instancia, una respuesta muy sencilla: el sostenimiento de los proyectos corre por cuenta del propio artista. Y hemos naturalizado tanto esta situación que parece una obviedad mencionarlo. Pero pienso en un interlocutor perteneciente a un ámbito diferente al artístico, preguntándome sobre estos asuntos. Esa normalidad interrogada se vuelve un tanto extraña.
Bajo esa mirada extrañada, repaso algunos aspectos ordinarios:
Desde que comencé a producir, hace unos ocho años, y relacionarme con gente del medio, he observado y aprendido (por empatía o disensión) sobre las estrategias que con mayor o menor conciencia de tales, los artistas ponen en práctica, para dar continuidad a sus proyectos.
El destino común es desarrollar otros trabajos o profesiones desde donde salen los recursos para producir las obras. El saldo más favorable de esta situación (la autofinanciación) tal vez sea el grado de independencia ideológica, política. La contracara directa es la dificultad de profesionalizar la actividad artística.
Por otra parte, existe una oferta creciente de salones, concursos, etc… la mayoría de empresas privadas, cuyos premios se convierten en una alternativa, con todo lo fortuito del caso, para concluir, iniciar, acelerar, algunos proyectos de obra. Creo que es una alternativa válida, pero que no está totalmente exenta de riesgos. En lo personal, considero que ciertas obras se debilitan o hasta objetan sus intenciones cuando resultan premiadas, por ejemplo, en un salón organizado por una empresa de champagnes.
También podríamos pensar en la galería como el agente indicado para resolverle al artista (aunque sea básicamente) el sostenimiento y continuidad de sus proyectos, pero esta es otra de las cosas que suenan extravagantes por estos lugares, aunque vale aclarar que excepcionalmente se cumple en el caso de unos pocos artistas. Es fácil suponer que las galerías locales, hacen esfuerzos grandes para sostenerse en el frágil mercado cordobés; quizá sea esta la razón fundamental que pone a la mayoría de ellas en situación de minimizar riesgos, estableciéndose una tendencia a trabajar, principalmente, con artistas legitimados. De paso, e introduciendo un paréntesis, cabría preguntarnos si Córdoba es en sí un lugar legitimador o si los artistas visuales necesitan hacerlo primero a nivel nacional (o internacional) para tener luego mayor reconocimiento local. Si se compara, por ejemplo, con lo que ocurre a nivel teatral, se pueden observar trayectorias consolidadas de directores, actores, grupos, dentro de los límites de la ciudad; también, en el caso de los teatristas, a diferencia de los artistas visuales, es notable cómo desde el resto del país (incluso Buenos Aires), se siguen muy de cerca y se valoran singularmente sus producciones.
En relación a los espacios expositivos y las posibilidades de que las obras se encuentren con el público, y viceversa, en general, el problema no es tanto la falta de lugares o la poca apertura por parte de ellos, como las condiciones bajo las cuales se ofrecen. Los espacios sólo ofrecen espacio. Quiero decir con esto, que aún cuando el artista accede a un lugar donde exponer, no resuelve todavía problemas anteriores como la concreción, montaje, etc. de su trabajo. El caso de la Fotografía es muy singular, porque para muchos artistas, sobre todo los que trabajan digitalmente, hacer tomas y postproducirlas, no requiere mayores costos; esto, les permite trabajar extensamente, acumular una gran producción y desarrollar proyectos muy consistentes, pero a la hora de encarar una muestra, el copiado y montaje demandan altísimos esfuerzos. Cuando estos espacios pertenecen a instituciones oficiales o privadas, el asunto es más complejo, porque lo que subyace es la debilidad o ausencia de verdaderas políticas integrales destinadas a fomentar la producción artística. En un plano simbólico, el intercambio beneficia a ambas partes, pero casi siempre es el artista quien invierte dinero en su propia obra.
Asimismo, es importante volver la mirada hacia el lugar de uno, como artista, para indagar de qué modo o bajo qué modelos estamos produciendo. A menudo, las obras se planifican teniendo como referencia contextos de producción, mucho más favorables que el nuestro. No se trata de resignar niveles de calidad, ni de resignación en ningún otro plano, sino de poder desarrollar estrategias que estando en consonancia con el medio, nos liberen de ciertas frustraciones y faciliten la realización de nuestros proyectos.
En estas líneas desorganizadas, he dejado afuera: los proyectos editoriales, los que circulan por la red; los espacios “autogestionados”; aquellos dirigidos por jóvenes gestores que procuran acercar las distancias entre las instituciones y los artistas; los lugares no convencionales (el espacio público, por ejemplo); y muchas otras alternativas que a menudo constituyen las opciones más efectivas, entre numerosos artistas, para dar continuidad a su trabajo…Tal vez he dejado afuera lo más importante.
Voy a acotar lo artístico a las artes visuales y fundamentalmente al ámbito de la Fotografía, al que estoy más vinculado, y lo de proyecto a proyectos de producción personales, más que grupales, colectivos o institucionales.
Una pregunta posible y básica para abordar el tema, sería qué factores posibilitan la continuidad de los proyectos artísticos. Dejando de lado todo lo inherente a la actividad del artista en tanto creador, se podrían establecer, básicamente, dos “condicionantes externos”: la financiación y la circulación. Concretamente, con qué recursos económicos produce el artista y qué visibilidad (y en el mejor de los casos qué inserción en el mercado del arte) tiene su trabajo. Creo que en Córdoba, estos factores, no son ni tan “condicionantes” ni tan “externos”. No existiendo prácticamente políticas privadas o públicas que apoyen “realmente” la producción y siendo tan inciertas las posibilidades de exhibición y comercialización, supongo que ningún artista puede supeditar a ello el desarrollo de sus proyectos. Así, la pregunta tiene, en primera instancia, una respuesta muy sencilla: el sostenimiento de los proyectos corre por cuenta del propio artista. Y hemos naturalizado tanto esta situación que parece una obviedad mencionarlo. Pero pienso en un interlocutor perteneciente a un ámbito diferente al artístico, preguntándome sobre estos asuntos. Esa normalidad interrogada se vuelve un tanto extraña.
Bajo esa mirada extrañada, repaso algunos aspectos ordinarios:
Desde que comencé a producir, hace unos ocho años, y relacionarme con gente del medio, he observado y aprendido (por empatía o disensión) sobre las estrategias que con mayor o menor conciencia de tales, los artistas ponen en práctica, para dar continuidad a sus proyectos.
El destino común es desarrollar otros trabajos o profesiones desde donde salen los recursos para producir las obras. El saldo más favorable de esta situación (la autofinanciación) tal vez sea el grado de independencia ideológica, política. La contracara directa es la dificultad de profesionalizar la actividad artística.
Por otra parte, existe una oferta creciente de salones, concursos, etc… la mayoría de empresas privadas, cuyos premios se convierten en una alternativa, con todo lo fortuito del caso, para concluir, iniciar, acelerar, algunos proyectos de obra. Creo que es una alternativa válida, pero que no está totalmente exenta de riesgos. En lo personal, considero que ciertas obras se debilitan o hasta objetan sus intenciones cuando resultan premiadas, por ejemplo, en un salón organizado por una empresa de champagnes.
También podríamos pensar en la galería como el agente indicado para resolverle al artista (aunque sea básicamente) el sostenimiento y continuidad de sus proyectos, pero esta es otra de las cosas que suenan extravagantes por estos lugares, aunque vale aclarar que excepcionalmente se cumple en el caso de unos pocos artistas. Es fácil suponer que las galerías locales, hacen esfuerzos grandes para sostenerse en el frágil mercado cordobés; quizá sea esta la razón fundamental que pone a la mayoría de ellas en situación de minimizar riesgos, estableciéndose una tendencia a trabajar, principalmente, con artistas legitimados. De paso, e introduciendo un paréntesis, cabría preguntarnos si Córdoba es en sí un lugar legitimador o si los artistas visuales necesitan hacerlo primero a nivel nacional (o internacional) para tener luego mayor reconocimiento local. Si se compara, por ejemplo, con lo que ocurre a nivel teatral, se pueden observar trayectorias consolidadas de directores, actores, grupos, dentro de los límites de la ciudad; también, en el caso de los teatristas, a diferencia de los artistas visuales, es notable cómo desde el resto del país (incluso Buenos Aires), se siguen muy de cerca y se valoran singularmente sus producciones.
En relación a los espacios expositivos y las posibilidades de que las obras se encuentren con el público, y viceversa, en general, el problema no es tanto la falta de lugares o la poca apertura por parte de ellos, como las condiciones bajo las cuales se ofrecen. Los espacios sólo ofrecen espacio. Quiero decir con esto, que aún cuando el artista accede a un lugar donde exponer, no resuelve todavía problemas anteriores como la concreción, montaje, etc. de su trabajo. El caso de la Fotografía es muy singular, porque para muchos artistas, sobre todo los que trabajan digitalmente, hacer tomas y postproducirlas, no requiere mayores costos; esto, les permite trabajar extensamente, acumular una gran producción y desarrollar proyectos muy consistentes, pero a la hora de encarar una muestra, el copiado y montaje demandan altísimos esfuerzos. Cuando estos espacios pertenecen a instituciones oficiales o privadas, el asunto es más complejo, porque lo que subyace es la debilidad o ausencia de verdaderas políticas integrales destinadas a fomentar la producción artística. En un plano simbólico, el intercambio beneficia a ambas partes, pero casi siempre es el artista quien invierte dinero en su propia obra.
Asimismo, es importante volver la mirada hacia el lugar de uno, como artista, para indagar de qué modo o bajo qué modelos estamos produciendo. A menudo, las obras se planifican teniendo como referencia contextos de producción, mucho más favorables que el nuestro. No se trata de resignar niveles de calidad, ni de resignación en ningún otro plano, sino de poder desarrollar estrategias que estando en consonancia con el medio, nos liberen de ciertas frustraciones y faciliten la realización de nuestros proyectos.
En estas líneas desorganizadas, he dejado afuera: los proyectos editoriales, los que circulan por la red; los espacios “autogestionados”; aquellos dirigidos por jóvenes gestores que procuran acercar las distancias entre las instituciones y los artistas; los lugares no convencionales (el espacio público, por ejemplo); y muchas otras alternativas que a menudo constituyen las opciones más efectivas, entre numerosos artistas, para dar continuidad a su trabajo…Tal vez he dejado afuera lo más importante.









