Uno. Infancia
La única patria es la infancia. Para entender el concepto de patria hay que someterse a las reglas del exilio.
Córdoba por más que sea la segunda ciudad del país es periferia, interior y de este modo sus ejercicios de poder son aristocráticos y caudillistas. A veces uno necesita que nadie lo conozca y olvidarse algunas cosas.
El cordobés tiene un fuerte arraigamiento a su provincia, es su patria en los términos más exactos. Eso es lo único que me interesa de estar viviendo fuera: el exilio como experiencia romántica.
Dos. La mecánica del exilio
El retorno es una pieza clave en el pensamiento, los recuerdos de ciertas cosas empiezan a transformarse en puro valor simbólico. Y como la naturaleza de todo romanticismo es lo contradictorio, se plantean y replantean continuamente condiciones indeclinables para el regreso. La comparación se transforma en el modo de percibir la realidad: cómo era eso allá y cómo es acá. La búsqueda constante de estimulaciones.
Todo se trata tener presente la idea de volver con la misma intensidad que la idea de que a lo mejor nunca se vuelve.
Tres. Y aquel verano en que el sol caía
La patria es el lugar donde uno vuelve a morir. El último viaje a la infancia.
Uno se va de la patria por tres razones: formación, libertad, trabajo. Una dialéctica indivisible.
Actualmente los sistemas de comunicación permiten que la periferia no necesite de la mediación-metrópoli para acceder, por ejemplo, a una determinada información. Ese movimiento precisamente en la literatura cordobesa no existe, no por no contar con los medios: por negación; probablemente en algunas zonas de las artes visuales o de música si.
Uno finalmente siempre va atrás de lo que busca. Desde que estoy fuera de Córdoba no he hecho más que repensarme y repensar todas mis verdades. No he estado muy en contacto con lo que implica estar en una metrópoli en cuanto a flujo de información o consumo de bienes culturales. Mi identidad me mantiene bastante preocupado y ese es el síntoma del exilio: el cuestionamiento a las bases.
Lentamente se rompen los vínculos con el hogar y entonces uno se la puede pasar toda la vida dando vueltas sin dirección.
Córdoba, cuando uno se va, se transforma en la infancia, en la niebla suspendida de los resultados de la historia.
La única patria es la infancia. Para entender el concepto de patria hay que someterse a las reglas del exilio.
Córdoba por más que sea la segunda ciudad del país es periferia, interior y de este modo sus ejercicios de poder son aristocráticos y caudillistas. A veces uno necesita que nadie lo conozca y olvidarse algunas cosas.
El cordobés tiene un fuerte arraigamiento a su provincia, es su patria en los términos más exactos. Eso es lo único que me interesa de estar viviendo fuera: el exilio como experiencia romántica.
Dos. La mecánica del exilio
El retorno es una pieza clave en el pensamiento, los recuerdos de ciertas cosas empiezan a transformarse en puro valor simbólico. Y como la naturaleza de todo romanticismo es lo contradictorio, se plantean y replantean continuamente condiciones indeclinables para el regreso. La comparación se transforma en el modo de percibir la realidad: cómo era eso allá y cómo es acá. La búsqueda constante de estimulaciones.
Todo se trata tener presente la idea de volver con la misma intensidad que la idea de que a lo mejor nunca se vuelve.
Tres. Y aquel verano en que el sol caía
La patria es el lugar donde uno vuelve a morir. El último viaje a la infancia.
Uno se va de la patria por tres razones: formación, libertad, trabajo. Una dialéctica indivisible.
Actualmente los sistemas de comunicación permiten que la periferia no necesite de la mediación-metrópoli para acceder, por ejemplo, a una determinada información. Ese movimiento precisamente en la literatura cordobesa no existe, no por no contar con los medios: por negación; probablemente en algunas zonas de las artes visuales o de música si.
Uno finalmente siempre va atrás de lo que busca. Desde que estoy fuera de Córdoba no he hecho más que repensarme y repensar todas mis verdades. No he estado muy en contacto con lo que implica estar en una metrópoli en cuanto a flujo de información o consumo de bienes culturales. Mi identidad me mantiene bastante preocupado y ese es el síntoma del exilio: el cuestionamiento a las bases.
Lentamente se rompen los vínculos con el hogar y entonces uno se la puede pasar toda la vida dando vueltas sin dirección.
Córdoba, cuando uno se va, se transforma en la infancia, en la niebla suspendida de los resultados de la historia.









