Estas en:
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size
Search

Todos somos Ulises en miniatura y partimos alguna vez hacia algún lado sin saber muy bien por qué. Leticia El Halli Obeid

E-mail Imprimir PDF
Cuando recibí el mail de Casa 13 con la invitación a escribir sobre el tema ¿Por qué algunos artistas cordobeses se han ido de Córdoba? lo primero que se me ocurrió fue otra pregunta: ¿por qué no?
Digo, en un momento de globalización tan radical, de gente yendo y viniendo de un lado a otro sin parar, ¿qué hay de especial en el hecho de que un artista se vaya de Córdoba? ¿O llegue a Córdoba?
Pero luego entendí que ésta era una invitación a compartir un relato personal, unas opiniones particulares y que este tipo de pregunta sólo se puede responder de manera individual.
¿Por qué me fui de Córdoba?
En principio por un motivo muy típico y común: necesitaba un cambio. Quería empezar de vuelta, quería estar con gente desconocida, quería andar por calles que no tuvieran una historia para mí y volver a sentir eso que ya había sentido cuando llegué a Córdoba para estudiar. Quería oír otro idioma y ver de qué otras maneras se podía vivir y ser artista. Entonces decidí venirme a Buenos Aires, que resultó la opción más completa y más a mano: apenas la conocía pero me gustaba, es enorme, tiene mucha movida artística, no se habla otro idioma aunque a veces parece que sí, en fin, casi se podría decir que es otro país (espero que esto no suene muy etarra).
Con el tiempo hice buenos amigos acá, descubrí los lugares donde me gusta estar, detecté los que no, y aprendí a desarticular muchos de mis prejuicios iniciales. Las cosas se fueron dando de tal manera que en algún punto olvidé que me había ido o que había llegado a algún lugar. Olvido que se interrumpe cuando alguien me hace alguna pregunta sobre mi acento (que ni siquiera es el cordobés característico sino el acento de la zona sureste, parecido al santafesino) o me dicen “artista cordobesa” o me clasifican como tal por algún motivo burocrático. Entonces retomo el hilo, vuelvo a hacer comparaciones, paso el café con leche de una taza a otra para que se enfríe, y con los restitos saco alguna conclusión.  Porque, ¿qué significa ser una artista cordobesa? ¿Significa que vivo en Córdoba? (No vivo ahí). ¿Significa que nací ahí? (Nací ahí). ¿Que me crié ahí? (No me crié ahí). ¿Que aprendí a ser artista ahí? Sí, aprendí a ser artista ahí. Aprendí algunos rudimentos para pintar, esculpir, grabar y dibujar ahí; aprendí a dejar de pintar, esculpir y grabar ahí; estudié historia del arte ahí; aprendí a ver arte, a hablar de arte, a preguntarme qué es el arte, ahí, con la gente que conocí ahí, con libros que encontré ahí, con profesores cordobeses en su mayoría y compañeros de facultad cordobeses o de otros lugares pero que vivían en Córdoba y aprendían a ser artistas en Córdoba.
¿Y cómo era ser artista en Córdoba cuando entré a la escuela de artes?
Básicamente era pensar y hacer en un contexto donde había varias buenas y divertidas razones para hacer arte, entre las que el mercado era jamás una de ellas, o bien era una muy pequeña, que no calificaba como factor de influencia. Era por lo tanto participar de prácticas y discusiones sobre la naturaleza del arte que podían llegar a terrenos totalmente delirantes. Y reflexionar mucho en torno a cada acto, a cada gesto hecho, pero también hacer sin preocuparnos por las continuidades estilísticas y conceptuales del trabajo, es decir: ¿quién iba a pedirnos explicaciones si dábamos un viraje violento y súbito en el soporte usado o en las ideas o el tema? Era ver la historia del arte reproducida en libros o diapos desteñidas y oír hablar de obras contemporáneas en los relatos de alguien que había viajado, actividades que considero hasta hoy muy creativas, cautivantes y delicadas, irremplazables.
Respondo a otra pregunta-guía: ¿Qué no tiene Córdoba y qué sí?
Listemos lo que tiene, de manera básica: dos escuelas públicas que garantizan que la educación artística sea accesible y lo menos elitista (dentro de lo posible; queda para otra discusión cuán democrática puede ser una actividad que se autofinancia); la universidad ofrece un posgrado teórico en artes y tiene el Cepia como lugar de muestra de lo que produce; hay ahora una Ciudad de las Artes, que está articulando las antiguas escuelas provinciales y alojando una residencia de artistas; hay dos museos históricos, un museo recién reformado y un centro de arte contemporáneo; hay galerías; existen Casa 13, y el Goethe y el Centro Español, talleres grupales de fotografía, de escritura, clínicas de obra, un cineclub municipal, centros teatrales privados y públicos, escuelas de música, carreras vinculadas al arte en las universidades privadas, entre otras cosas... no es pequeño el conjunto y la calidad de lo que se produce tiene que ver con esa profusión, supongo, y con que hay tiempo para pensar y hacer.
Pero daría la impresión de que aún así el arte cordobés tiene también un poco de miedo de salir a la cancha, de jugarse en otros escenarios, de atravesar algunos desafíos propios de una circulación cada vez más globalizada. A veces tengo la impresión de que en Córdoba hay un celo excesivo en cuanto a mantener la identidad y una sensibilidad extrema frente a las injusticias del centralismo político argentino. Si bien estos sentimientos tienen una razón de ser más que justificada, me parece que una respuesta más vital a esa situación podría ser amplificar doblemente el alcance del circuito local, hacia adentro y hacia afuera. Frente a las prácticas políticas imperantes y la construcción de una “identidad argentina” parcial, hegemónica y estereotipada, en un bloque que deja afuera a ¾ partes de la población, creo que sólo el arte (ya que no los medios) puede servir para fisurar un poco estos estereotipos, proveer unos relatos un poco menos hegemónicos.  Por supuesto no creo que la identidad sea una cosa fija sino el resultado de una historia en común, pero también del presente; y de la mezcla, los intercambios y las reapropiaciones.  
Ya que el mercado no alimenta pero tampoco presiona, creo que se podría aprovechar esa libertad. Pero por eso mismo es más necesario el apoyo estatal, para ayudar a sostener de manera estable una producción artística y una producción intelectual en torno al arte (ambas se necesitan en toda su especificidad) y así generar sentido, de tal forma que lleguen a ser experimentadas como parte del paisaje cotidiano. Claro que este problema no es exclusivo de Córdoba. Por eso mismo -y sin importar dónde estemos-, salir, ir, volver, andar, recibir visitas, charlar con otros interlocutores, practicar las tareas del anfitrión, y también tener que traducirse, son todas cosas que pueden ayudar a disipar el fantasma de que la fiesta siempre está pasando en otro lado.

Leticia El Halli Obeid
Buenos Aires, julio 2008
 

Agrega tu comentario

Tu nombre:
Tu sitio web:
Título:
Comentario:
  La palabra para verificación anti SPAM. Letras minúsculas sólamente y sin espacios.
Palabra de seguridad:

Un pequeño deseo - colección 08/09/10/11


Ya está disponible la colección de nuestra publicación en papel Un Pequeño Deseo

+ info / pedidos / consultas: updcasa13@gmail.com

 

 

Souvenirs Un pequeño deseo

Souvenirs de Un pequeño deseo

 


pequeño deseo

Material de archivo. Ana Gilardi y Diego Arrascaeta

 

Lecturas interrumpidas y fragmentarias del taller-clínica Experiencias Estéticas, coordinado en casa13 en 2008 por Ana Gilardi y Diego Arrascaeta.

j

- ¿es un bollo de papel? / Hay una obra de Liliana Porter que es así

(sobre el dibujo de la mesa y las dos sillas, vacías las tres)

Eso, que no hay nadie, un poco esa soledad que hay ahí.

Leer más...

trece radio