Hace algunos años escuché a José Pizarro decir que en cierto momento inevitablemente comenzamos a pensar nuestras obras y proyectos en base a nuevos límites de tiempo; proyectar mi pensamiento en una década en ese momento me parecía algo absurdo, no lo comprendí hasta hace poco, cuando me encontré volviendo una y otra vez a un espacio sucedido hace años atrás.
Me vi trazar desde allí líneas de pensamiento que a pesar de las ausencias y las intermitencias me permitieron ir descubriendo una y otra vez espacios poblados de continuidades.
Esto me hizo a su vez reconocer algo que muchas veces los mismos artistas no registran, ahondando en un concepto que siempre me ha llamado la atención: la persistencia. ¿Por qué un artista produce activamente durante tantos años en un contexto donde no comercializa su obra, donde el reconocimiento es simbólico? ¿Cómo se sostiene esta necesidad de producción?
Pensar una década nos sitúa necesariamente frente a ideas poco comunes en el relato del arte actual, conceptos relacionados con el arte como espacio de trascendencia y permanencia, con el arte hecho de materiales nobles y estables, percepciones del arte vinculadas con el contexto de la modernidad. Busco entonces el significado de generación y encuentro que son “aquellos descendientes directos de un grupo de pertenencia determinado”, entonces comprendo mi recurrencia a un tiempo donde surgieron ciertos espacios en Córdoba que por su solidez y su generosidad significaron en la experiencia una herencia innegable. Entonces quizás los que han sostenido y generado la producción en Córdoba desde espacios autogestionados legan desde el verbo mismo, ya que fueron quienes durante estos últimos años han generado espacios de producción y reflexión sobre la producción artística y teórica local. Supongo que desde allí realmente me acerco a la definición de aquello que se recorta en el tiempo y se genera a partir de esos otros que nos piensan.
Diez años de lenguaje: la fotografía
Hace diez años en Córdoba comenzaban a consolidarse algunos espacios donde la fotografía como medio técnico apto para la realización de obras actuales se vislumbraba con tibieza. Recordemos que durante la dictadura funcionaron a lo largo del país solamente “los foto club” y algunas tecnicaturas que dejaban de lado en ambos casos la formación conceptual respecto a la fotografía como lenguaje. Es posible aún nombrar con los dedos de una mano a quienes, entonces y debido a la falta de espacios, abrieron incluso sus propias casas como espacio de trabajo en pos de la construcción de este lenguaje como proceso de reflexión. Tras quince años de persistente labor autodidacta comenzaron a perfilarse algunas líneas definidas respecto al uso de la fotografía como obra.
Esto implicaba una madurez de lenguaje que dejaba en el camino a quienes aún se resistían a asumir que el peso del documento como necesidad de registro en un escenario de conflicto social cedía espacio a un nuevo uso del lenguaje, tras la consolidación de la democracia y la lenta conformación de espacios e instituciones que apoyaban y promovían la producción artística, la fotografía comienza un proceso de experimentación que inevitablemente se iría fortaleciendo en algunos casos para conformar interesantes corpus de obra.
El año 1998 hizo evidente una situación positiva respecto a las artes y las propuestas culturales en la Ciudad de Córdoba; esto se venía gestando hacía algunos años y casi espontáneamente se fue consolidando en espacios autogestionados por artistas y en publicaciones especializadas reflejo del momento.
Algunas duplas de trabajo como la de Hugo Aveta y Gustavo King, quienes venían fotografiando juntos las salinas del norte de la provincia; da origen a la búsqueda iniciada por King quien a partir de este proceso y tras visitar algunos espacios en Buenos Aires, México y Santiago de Chile abre su casa para crear el taller Azul de Tocar (Gustavo King, Claudia Corral, Ezequiel Ludueña, Marcelo Sánchez, Manuel Pascual, Manuel Boaso, Javier Bellomo, Marcela López Sastre) que continuó produciendo hasta el año 2007 en diversos espacios y formatos.
Del trabajo conjunto que llevaron a cabo muchos años Fernando Cortiglia y Jorge Martín surge coordinado por el segundo el grupo de artes visuales El Faro (Jorge Martín, Verónica Ripoll, Martín Vaquero, Gabriela Díaz, Julián Picco y Marcela López Sastre).
Una experiencia más cercana a las performances fue la del colectivo Azul Phtalo (Soledad Sánchez Goldar, Nora Sara, Soledad Simón y Carolina Vergara).
Estos son algunos ejemplos de los colectivos que produjeron a través del medio fotográfico diversas propuestas visuales y conceptuales a fines de los años 90´en la Ciudad de Córdoba.
Cielo Teórico (Aníbal Buede, Carina Cagnolo, Andrea Ruiz y José Pizarro) -Espacio de reflexión e investigación sobre artes visuales- demarca una bisagra. Cuatro artistas con sólida formación generan un espacio, donde el concepto se hace evidente y precede a la imagen. En ese mismo espacio físico paralela y posteriormente se dictaron los talleres de fotografía a cargo de Gerardo Repetto, Gabriel Orge y Rodrigo Fierro, durante varios años, hasta su disolución en el año 2006 aproximadamente.
Éste es a grandes rasgos el panorama del año 1998 en Córdoba en lo que se refiere a la producción y reflexión sobre la imagen. A partir de allí los nombres cambian, se cruzan y se transforman. Los espacios experimentan los límites de la imagen y profundizan las reflexiones sobre el medio, ya parados dentro de la producción del arte actual. El proceso creativo deja de lado la experimentación y se define desde la conceptualización y la reflexión teórica.
Todos de alguna manera conocen este territorio y saben como entrar y salir de allí: la memoria como un juego de espejos que refleja los roces, los cruces, los silencios de un tiempo que hace eco y conforma ese hálito invisible del contexto impreso necesariamente en las producciones.
Este breve recorrido es el relato de una experiencia limitada en su propia subjetividad. Pero cada experiencia es un recorte y la memoria de la misma es otra nueva edición de lo sucedido. Esto implica, una postura precisa respecto al lenguaje fotográfico que se construye en la conceptualización y en el proceso creativo inherente al campo del arte. Esta postura es más o menos reciente en ciudades medianas como la que nos ocupa, ya que hasta hace algunos años la filosofía de la técnica hizo mella en el quehacer fotográfico sin profundizar, muchas veces, en su estructura narrativa.
Esto me hizo a su vez reconocer algo que muchas veces los mismos artistas no registran, ahondando en un concepto que siempre me ha llamado la atención: la persistencia. ¿Por qué un artista produce activamente durante tantos años en un contexto donde no comercializa su obra, donde el reconocimiento es simbólico? ¿Cómo se sostiene esta necesidad de producción?
Pensar una década nos sitúa necesariamente frente a ideas poco comunes en el relato del arte actual, conceptos relacionados con el arte como espacio de trascendencia y permanencia, con el arte hecho de materiales nobles y estables, percepciones del arte vinculadas con el contexto de la modernidad. Busco entonces el significado de generación y encuentro que son “aquellos descendientes directos de un grupo de pertenencia determinado”, entonces comprendo mi recurrencia a un tiempo donde surgieron ciertos espacios en Córdoba que por su solidez y su generosidad significaron en la experiencia una herencia innegable. Entonces quizás los que han sostenido y generado la producción en Córdoba desde espacios autogestionados legan desde el verbo mismo, ya que fueron quienes durante estos últimos años han generado espacios de producción y reflexión sobre la producción artística y teórica local. Supongo que desde allí realmente me acerco a la definición de aquello que se recorta en el tiempo y se genera a partir de esos otros que nos piensan.
Diez años de lenguaje: la fotografía
Hace diez años en Córdoba comenzaban a consolidarse algunos espacios donde la fotografía como medio técnico apto para la realización de obras actuales se vislumbraba con tibieza. Recordemos que durante la dictadura funcionaron a lo largo del país solamente “los foto club” y algunas tecnicaturas que dejaban de lado en ambos casos la formación conceptual respecto a la fotografía como lenguaje. Es posible aún nombrar con los dedos de una mano a quienes, entonces y debido a la falta de espacios, abrieron incluso sus propias casas como espacio de trabajo en pos de la construcción de este lenguaje como proceso de reflexión. Tras quince años de persistente labor autodidacta comenzaron a perfilarse algunas líneas definidas respecto al uso de la fotografía como obra.
Esto implicaba una madurez de lenguaje que dejaba en el camino a quienes aún se resistían a asumir que el peso del documento como necesidad de registro en un escenario de conflicto social cedía espacio a un nuevo uso del lenguaje, tras la consolidación de la democracia y la lenta conformación de espacios e instituciones que apoyaban y promovían la producción artística, la fotografía comienza un proceso de experimentación que inevitablemente se iría fortaleciendo en algunos casos para conformar interesantes corpus de obra.
El año 1998 hizo evidente una situación positiva respecto a las artes y las propuestas culturales en la Ciudad de Córdoba; esto se venía gestando hacía algunos años y casi espontáneamente se fue consolidando en espacios autogestionados por artistas y en publicaciones especializadas reflejo del momento.
Algunas duplas de trabajo como la de Hugo Aveta y Gustavo King, quienes venían fotografiando juntos las salinas del norte de la provincia; da origen a la búsqueda iniciada por King quien a partir de este proceso y tras visitar algunos espacios en Buenos Aires, México y Santiago de Chile abre su casa para crear el taller Azul de Tocar (Gustavo King, Claudia Corral, Ezequiel Ludueña, Marcelo Sánchez, Manuel Pascual, Manuel Boaso, Javier Bellomo, Marcela López Sastre) que continuó produciendo hasta el año 2007 en diversos espacios y formatos.
Del trabajo conjunto que llevaron a cabo muchos años Fernando Cortiglia y Jorge Martín surge coordinado por el segundo el grupo de artes visuales El Faro (Jorge Martín, Verónica Ripoll, Martín Vaquero, Gabriela Díaz, Julián Picco y Marcela López Sastre).
Una experiencia más cercana a las performances fue la del colectivo Azul Phtalo (Soledad Sánchez Goldar, Nora Sara, Soledad Simón y Carolina Vergara).
Estos son algunos ejemplos de los colectivos que produjeron a través del medio fotográfico diversas propuestas visuales y conceptuales a fines de los años 90´en la Ciudad de Córdoba.
Cielo Teórico (Aníbal Buede, Carina Cagnolo, Andrea Ruiz y José Pizarro) -Espacio de reflexión e investigación sobre artes visuales- demarca una bisagra. Cuatro artistas con sólida formación generan un espacio, donde el concepto se hace evidente y precede a la imagen. En ese mismo espacio físico paralela y posteriormente se dictaron los talleres de fotografía a cargo de Gerardo Repetto, Gabriel Orge y Rodrigo Fierro, durante varios años, hasta su disolución en el año 2006 aproximadamente.
Éste es a grandes rasgos el panorama del año 1998 en Córdoba en lo que se refiere a la producción y reflexión sobre la imagen. A partir de allí los nombres cambian, se cruzan y se transforman. Los espacios experimentan los límites de la imagen y profundizan las reflexiones sobre el medio, ya parados dentro de la producción del arte actual. El proceso creativo deja de lado la experimentación y se define desde la conceptualización y la reflexión teórica.
Todos de alguna manera conocen este territorio y saben como entrar y salir de allí: la memoria como un juego de espejos que refleja los roces, los cruces, los silencios de un tiempo que hace eco y conforma ese hálito invisible del contexto impreso necesariamente en las producciones.
Este breve recorrido es el relato de una experiencia limitada en su propia subjetividad. Pero cada experiencia es un recorte y la memoria de la misma es otra nueva edición de lo sucedido. Esto implica, una postura precisa respecto al lenguaje fotográfico que se construye en la conceptualización y en el proceso creativo inherente al campo del arte. Esta postura es más o menos reciente en ciudades medianas como la que nos ocupa, ya que hasta hace algunos años la filosofía de la técnica hizo mella en el quehacer fotográfico sin profundizar, muchas veces, en su estructura narrativa.









