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Proyecto gramilla. Andrés Cabeza (curador por Deán Funes)

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En 2007, Aníbal Buede fue jurado en el Encuentro de Pintores que organiza la escuela de artes de la ciudad de Deán Funes, donde doy clases. A Aníbal lo conozco desde el año 92. Por todo eso, creo, Aníbal me propuso ser curador de una muestra con artistas de la ciudad de Deán Funes. Le pasé la propuesta a un grupo de deanfunenses, directa o indirectamente vinculados con la escuela de artes: Natalia Zabala, Pedro Ponce de León, Mercedes Vanella (Mecha) y Jorge Garay, más un grupo indefinido de amigos que se reunían en la casa de Mecha, de los cuales participaron finalmente Cristian Ordóñez (Lopa) y Diego Bartolomé (Tito). Era un grupo heterogéneo, en el que algunos tenían trayectoria artística, otros tenían poca trayectoria y otros no pertenecían al mundo del arte. El vínculo estaba dado más que nada por la amistad. Varios de ellos, económicamente, estaban (y están) en la lona, como casi todo el norte cordobés. Nos reuníamos en el comedor de la casa de Mecha, en torno a una mesa parecida a la de Casa 13. La idea surgió entre todos: trabajar con pasto. No con césped caro y elegante, como el que se vende para las casas caras y elegantes, sino con gramilla pobre, con yuyo salvaje. Y no con cualquier gramilla sino con gramilla de Deán Funes. Además, cada uno llevaría un plato enyuyado para poner en la mesa. Eso fue todo. Era una idea simple. Según los rótulos ya tradicionales, se trataba de hacer una “instalación” en el comedor de Casa 13, “interviniendo” la mesa y otros objetos del lugar con tierra y gramilla de Deán Funes. Era como llevar a Casa 13 (y a Córdoba) la realidad de las personas que exponían: por un lado, llevarla simbólicamente (por todo lo que evoca la gramilla) pero, además, materialmente (porque era gramilla real de Deán Funes). Se trataba de una obra literalmente viva, a la que tendríamos que regar para que no muriera. Vi que algunos, para referirse a este proyecto, hablaban espontáneamente del “proyecto gramilla”. Luciano Burba, Julia Tamagnini y dos chicas del grupo que iba a exponer en el living, fueron un día a Deán Funes. Comimos un asado y charlamos. Julia, creo, bajo un árbol de la huerta de Jorge Garay, sugirió que sillas de pasto y una mesa de pasto se podían ver como objetos absurdos. Pensé que sí, pero después se me ocurrió que también se podían ver como una suerte de metonimia: sustituir a las personas por su entorno. En cierto modo, en la mesa de Casa 13, y convertidas en gramilla y yuyo, estaban las personas que se reunían en la otra mesa, la mesa de Deán Funes. Y también, si queremos, estaba el resto del entorno: el norte cordobés, el mal llamado “interior”. La gramilla es áspera, pobre, sufrida; crece a la intemperie, o, como todavía dicen las viejas de los pueblos, “a la buena de Dios”. Un detalle no secundario es que la realización de esta obra no requirió dinero. Agradecemos a la Municipalidad de la Ciudad de Deán Funes, que ayudó con 200 pesos para trasladar los yuyos.  

Andrés Cabeza
 

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