Todo comenzó con la idea de comparar a los artistas cordobeses (o argentinos) con los jugadores de la Selección Argentina de fútbol. ¿Qué pasaría si le cobraran tiro libre a la defensa argentina, y todos los artistas se pusieran de acuerdo y salieran corriendo del área al mismo tiempo? -¿Quiénes quedarían en posición adelantada?
Tal vez la mayoría prefiera pensar que producir arte no tiene nada que ver con el trabajo de equipo. Y visitar muestras, ninguna relación con ir a la cancha. Nadie necesita identificarse con la retórica de los artistas, con su juego y su inspirada interpretación. Las personas no notarían diferencia alguna en sus vidas si los artistas salieran corriendo de la cancha. No extrañarían alguna vez haberse admirado de la lucidez de algún artista que eventualmente encontraron por ahí.
Si la Selección Argentina de fútbol saliera corriendo de la cancha en el minuto 85 de la Semifinal de las Eliminatorias para el Mundial, uno podría sospechar que se sienten inseguros sobre su participación en la mística colectiva. Sobre cómo las imágenes de las grandes ligas ofrecen a los jugadores de barrio una interpretación satisfactoria de sí mismos jugando en la canchita de la vuelta. Una visualización a gran escala de lo que sería un golazo. Y la ilusión de jugar sin árbitros.
Y uno cualquiera, que ha jugado en algún pequeño equipo de barrio, después de algunos años se acordaría de lo divertido que fue aquella o aquellas veces que fue a la cancha. Pero se acostumbraría a la ausencia de los jugadores seleccionados en los tiros libres. Puede ser que algún otro deportista (e incluso otra disciplina deportiva) viniera a ocupar su lugar después de un tiempo.
¿Cómo puede ser que tanta gente vaya a la cancha a ver un juego que nunca van a jugar ellos mismos? ¿Cómo alguien puede admitirse a sí mismo formar parte de una selección, de un reducto de la alta performance? ¿Y qué ocurrirá cuando los “seleccionados” se vean a sí mismos como los redentores que nunca quisieron ser?
Algunos se alejan del arte por motivos intuidos, que tienen que ver con esa ilusión respecto a los árbitros. Es decir, creer que jugar un partido arbitrado es algo que solamente ocurre cuando hay alguien vestido distinto al resto de los jugadores, que no juega pero hace valer las reglas del juego. Creer que las reglas más importantes son las que hacen los jugadores, y no las reglas del espectáculo en la cancha.
¿Cuál es la diferencia entre construir una casa para habitar en ella, y ser un artista que construye una casa para habitarla? ¿No será que el artista está construyendo la casa dentro del estadio de fútbol más grande de Sudamérica?
Un domingo de enero la Selección jugó un partido a beneficio de un hospital público. De alguna manera, los artistas son tan buenos que incluso se toman el trabajo de despreciar el altruismo espectacular de los futbolistas. Si los artistas salieran todos juntos corriendo de la cancha, ¿quedaría algo para hacer a beneficio? Son preguntas sobre los desencantos masivos.
Desacostumbrarse a ver los partidos de la Selección le puede pasar a cualquiera, incluso a un futbolista. Un profesional y un amateur, cualquiera de ellos, puede alejarse del deporte a causa de una lesión. Puede ser que el desencanto sea la lesión de los artistas. Puede ser que la alta performance haya ido tan lejos, que las lesiones sean el curso natural de los cuerpos de los deportistas. Ese rendimiento es el máximo que puede tener un músculo exigido de esa manera.
El desencanto en los artistas es igual de espontáneo que el desgarro en los futbolistas.
Parece lógico que después de los 35 los artistas empiecen a retirarse. Normalmente se convierten en algo así como curadores, gestores culturales o personalidades. Parecido a lo que ocurre con los futbolistas también. Se tornan algo más insensibles al dolor (intenso o no tanto) que podría causarles una lesión. Y pensando un poco en eso apareció esta idea de no estar jugando el partido cuando los DTs vengan a elegir equipo. O incluso de jugar un rato, hasta empezar el segundo tiempo tal vez, pero después salir corriendo. ¿Tendría sentido la performance si ya no hubiera nadie que padeciera lesiones? ¿Sería mejor para la hinchada tener la posibilidad de dejar de ser hinchada de un día para el otro? ¿No sería divertido ver cómo caen instituciones del tamaño del Libro de Pases?
Por mucho que insistan, a los jugadores de fútbol no se les admitirá revolucionar la vida por deporte.
Infobae 06.11.08:
ALGUNA VEZ TENÍA QUE PASAR: UN JUGADOR LE SACÓ LA AMARILLA AL ÁRBITRO.
El defensor de Botafogo Andre Luis fue expulsado a los 23 minutos del segundo tiempo del encuentro entre su equipo y Estudiantes, en Brasil, debido a que le sacó de la mano la tarjeta amarilla al árbitro del partido, el chileno Carlos Chandía, y se la mostró, en un claro mensaje de provocación que causó asombro primero, y risas después.
El hecho sucedió en uno de los momentos más calientes del partido que terminó igualado 2 a 2 y que permitió la clasificación del conjunto argentino a la instancia semifinal.
Esta acción comenzó cuando Chandía le mostró la amarilla a Carlos Alberto, por lo que Luis reaccionó de una manera tan inesperada como violenta.
A los gritos, y en un gesto instintivo, le quitó la tarjeta de la mano a Chandía, se la mostró y empezó a recriminarle.
Aunque sorprendido por lo sucedido, el juez no dudó en mostrarle la tarjeta roja cuando Luis le devolvió la solferina.
Separado enseguida por sus compañeros de equipo, que mostraron coherencia ante tamaña desubicación, el brasileño se retiró de la cancha sin agregar nada más. Alguna vez tenía que pasar: un jugador le sacó la amarilla al árbitro.
Ana Sol Alderete
Tal vez la mayoría prefiera pensar que producir arte no tiene nada que ver con el trabajo de equipo. Y visitar muestras, ninguna relación con ir a la cancha. Nadie necesita identificarse con la retórica de los artistas, con su juego y su inspirada interpretación. Las personas no notarían diferencia alguna en sus vidas si los artistas salieran corriendo de la cancha. No extrañarían alguna vez haberse admirado de la lucidez de algún artista que eventualmente encontraron por ahí.
Si la Selección Argentina de fútbol saliera corriendo de la cancha en el minuto 85 de la Semifinal de las Eliminatorias para el Mundial, uno podría sospechar que se sienten inseguros sobre su participación en la mística colectiva. Sobre cómo las imágenes de las grandes ligas ofrecen a los jugadores de barrio una interpretación satisfactoria de sí mismos jugando en la canchita de la vuelta. Una visualización a gran escala de lo que sería un golazo. Y la ilusión de jugar sin árbitros.
Y uno cualquiera, que ha jugado en algún pequeño equipo de barrio, después de algunos años se acordaría de lo divertido que fue aquella o aquellas veces que fue a la cancha. Pero se acostumbraría a la ausencia de los jugadores seleccionados en los tiros libres. Puede ser que algún otro deportista (e incluso otra disciplina deportiva) viniera a ocupar su lugar después de un tiempo.
¿Cómo puede ser que tanta gente vaya a la cancha a ver un juego que nunca van a jugar ellos mismos? ¿Cómo alguien puede admitirse a sí mismo formar parte de una selección, de un reducto de la alta performance? ¿Y qué ocurrirá cuando los “seleccionados” se vean a sí mismos como los redentores que nunca quisieron ser?
Algunos se alejan del arte por motivos intuidos, que tienen que ver con esa ilusión respecto a los árbitros. Es decir, creer que jugar un partido arbitrado es algo que solamente ocurre cuando hay alguien vestido distinto al resto de los jugadores, que no juega pero hace valer las reglas del juego. Creer que las reglas más importantes son las que hacen los jugadores, y no las reglas del espectáculo en la cancha.
¿Cuál es la diferencia entre construir una casa para habitar en ella, y ser un artista que construye una casa para habitarla? ¿No será que el artista está construyendo la casa dentro del estadio de fútbol más grande de Sudamérica?
Un domingo de enero la Selección jugó un partido a beneficio de un hospital público. De alguna manera, los artistas son tan buenos que incluso se toman el trabajo de despreciar el altruismo espectacular de los futbolistas. Si los artistas salieran todos juntos corriendo de la cancha, ¿quedaría algo para hacer a beneficio? Son preguntas sobre los desencantos masivos.
Desacostumbrarse a ver los partidos de la Selección le puede pasar a cualquiera, incluso a un futbolista. Un profesional y un amateur, cualquiera de ellos, puede alejarse del deporte a causa de una lesión. Puede ser que el desencanto sea la lesión de los artistas. Puede ser que la alta performance haya ido tan lejos, que las lesiones sean el curso natural de los cuerpos de los deportistas. Ese rendimiento es el máximo que puede tener un músculo exigido de esa manera.
El desencanto en los artistas es igual de espontáneo que el desgarro en los futbolistas.
Parece lógico que después de los 35 los artistas empiecen a retirarse. Normalmente se convierten en algo así como curadores, gestores culturales o personalidades. Parecido a lo que ocurre con los futbolistas también. Se tornan algo más insensibles al dolor (intenso o no tanto) que podría causarles una lesión. Y pensando un poco en eso apareció esta idea de no estar jugando el partido cuando los DTs vengan a elegir equipo. O incluso de jugar un rato, hasta empezar el segundo tiempo tal vez, pero después salir corriendo. ¿Tendría sentido la performance si ya no hubiera nadie que padeciera lesiones? ¿Sería mejor para la hinchada tener la posibilidad de dejar de ser hinchada de un día para el otro? ¿No sería divertido ver cómo caen instituciones del tamaño del Libro de Pases?
Por mucho que insistan, a los jugadores de fútbol no se les admitirá revolucionar la vida por deporte.
Infobae 06.11.08:
ALGUNA VEZ TENÍA QUE PASAR: UN JUGADOR LE SACÓ LA AMARILLA AL ÁRBITRO.
El defensor de Botafogo Andre Luis fue expulsado a los 23 minutos del segundo tiempo del encuentro entre su equipo y Estudiantes, en Brasil, debido a que le sacó de la mano la tarjeta amarilla al árbitro del partido, el chileno Carlos Chandía, y se la mostró, en un claro mensaje de provocación que causó asombro primero, y risas después.
El hecho sucedió en uno de los momentos más calientes del partido que terminó igualado 2 a 2 y que permitió la clasificación del conjunto argentino a la instancia semifinal.
Esta acción comenzó cuando Chandía le mostró la amarilla a Carlos Alberto, por lo que Luis reaccionó de una manera tan inesperada como violenta.
A los gritos, y en un gesto instintivo, le quitó la tarjeta de la mano a Chandía, se la mostró y empezó a recriminarle.
Aunque sorprendido por lo sucedido, el juez no dudó en mostrarle la tarjeta roja cuando Luis le devolvió la solferina.
Separado enseguida por sus compañeros de equipo, que mostraron coherencia ante tamaña desubicación, el brasileño se retiró de la cancha sin agregar nada más. Alguna vez tenía que pasar: un jugador le sacó la amarilla al árbitro.
Ana Sol Alderete









