Hace unos meses Martí Perán y Rirkrit Tiravanija hicieron un taller de cinco días en Can Xalant, un centro de residencias ubicado a menos de una hora de Barcelona. El taller se llamó “Disruption” y fue planteado como una plataforma de encuentro y trabajo entre grupos de estudiantes de arte de diferentes ciudades como Ginebra, Perpiñán, Montpellier y Barcelona. Además de comer bien, la idea del taller era diseñar un espacio intensivo de producción mediante la ocupación total del centro, la auto-organización en equipos de trabajo, la gestión espontánea de actividades y, finalmente, la presentación de los proyectos realizados por cada grupo de estudiantes. Aníbal, mi compañero de estudio en Can Xalant, participó del taller. Su propuesta[1] consistió en traer a la policía local a que diera un pequeño curso sobre “como inmovilizar a una persona”. Los agentes desplegaron asi técnicas variadas como el estrangulamiento, el control sobre la respiración, los métodos de luxación o la colocación de esposas. El cursillo se realizó con éxito y estableció durante una hora un registro relacional bastante marciano: policías, teóricos de la cultura y artistas interactuando y escenificando los métodos más básicos de disciplinamiento. Más allá del golpe de efecto, fue el hecho de que estuviera enmarcado en un contexto pedagógico y de que fuese realizado en una residencia sostenida con fondos del estado, lo que otorgó al gesto cierta densidad crítica. El trabajo dejó picando la cuestión: ¿Las residencias son también una suerte de disciplinamiento colectivo, una manera de inmovilizar al otro? ¿Los artistas todavía debemos combatir a las Instituciones?
En la última década se han multiplicado las residencias para artistas en todo el globo. Algunas veces como producto de políticas estatales (FONCA-CENART, Gasworks, OCA, IASPIS, el propio Can Xalant, etc.) pero muchas veces como resultado de formas transversales de institucionalidad. Por lo general en estos casos se ha tratado de iniciativas de artistas que se juntan con otros artistas para suplir un vacío de infraestructura, para rebatir modelos historiográficos anquilosados, para inventar nuevas formas de vínculo con la cultura popular o para ensayar otros modelos de socialización y producción del afecto. Muchas veces ha sido una mezcla de todo. En Argentina este proceso es evidente, y no solo en el ámbito de las residencias: solo hay que echar una mirada al trabajo de Roberto Jacoby en RIAA o Proyecto Venus, al de Fernanda Laguna en Belleza y Felicidad, a la gente de Rosa Chancho, El Basilisco, El Levante o la propia Casa 13. También es evidente que este tipo de iniciativas han comenzado a funcionar como verdaderos centros de producción simbólica, y de un tiempo a esta parte, son espacios que acumulan cierto poder. En un artículo recientemente publicado en A-Desk[2], Claudio Iglesias hablaba lúcidamente de esta historia “todavía no escrita” (y que seguramente alguien ya estará escribiendo) de los espacios autogestionados de Argentina como un campo de experimentación desde el cual han sido catapultadas iniciativas híbridas como la galería Apettite, situada entre la producción colaborativa y la mercadotecnia más recalcitrante. En Barcelona el ejemplo más evidente de esto es Hangar, un centro de producción que empezó como una ocupación temporal de artistas en un antiguo complejo fabril y que hoy se ha constituido como uno de los centros más visibles en la cartografía institucional de España, incorporando programas de residencias en varios países, espacios de formación continua y una asociación de artistas visuales que funciona como gremio (con código de buenas prácticas, bufete de abogados, etc.). Hangar cuenta principalmente con financiamiento de la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona, el cual ha anunciado justamente hace unos meses un proyecto de revitalización urbana que consiste en transformar viejas arquitecturas industriales en centros de producción de arte. Los ciclos de apropiación se han acelerado tanto que las iniciativas de okupación artística ya son financiadas directamente por el estado[3].
Pero más allá de estos solapamientos, lo cierto es que al incorporarse a un tejido de circulación mayor, estos espacios pasan a habitar una ecología distinta, basada en la comunicación, en subsidios y patronatos, en alianzas estratégicas con otras redes e instituciones. Es decir, se incorporan de lleno a las economías de la creatividad, aunque esto no necesariamente implique ganar dinero ni abandonar un proyecto de agenciamiento crítico, por más antagonista que sea. También es cierto que, visto lo visto, sería interesante revisar las gramáticas que usamos a diario para representarnos. Nociones, por ejemplo, como independiente, periférico o radical ¿Resultan ahora cartas de identidad eficaces para construir un proyecto disidente? ¿Es táctico pensarse desde ahí? ¿No está constituida ya -y perfectamente cuantificada- una economía de lo joven y lo emergente? ¿Sería oportuno hablar en términos de descentramientos o excentricidades, como propone la Red de conceptualismos del sur[4]? ¿Qué papel debería cumplir una residencia en la creación de ese vocabulario?
La puesta en tensión de los modos de vida, la apertura de un campo de sensaciones, el “encuentro con el otro” como decía Lila[5] en su artículo y todas esas promesas que están inscriptas en el viaje, se dirimen también en esto.
Antonio Gagliano
Junio 2009
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Antonio Gagliano es dibujante y vive en Barcelona. Terminó la licenciatura en pintura en el 2005 por la UNC. Actualmente cursa el Programa de Estudios Independientes del MACBA y es artista residente de Can Xalant, centro de creación y pensamiento contemporáneo de Mataró.
http://antonio-gagliano.blogspot.com
[1] Police Disruption, Anibal Parada, Can Xalant, Centre de Creació y Pensament Contemporani, Mataró, 2009.
[2] “Let`s do businnes…if we can”, Claudio Iglesias, A-desk, Abril 2009.
[3] Fabriques per la creació, Carles Guerra, La vanguardia, Suplemento Culturas, Barcelona, 2008.
[5] “Las cruces entre artistas”, Lila Pagola, Pequeño Deseo, Abril 2009.









