El mes del viento, agosto, pero uno no aprende más. Invito a un amigo a comer un asado y los remolinos de tierra que se alzan tan rápidos como un accidente complican el control del fuego, nuestra comprensión del fuego.
Así y todo avanzamos, la carne se despliega sobre los fierros y nos sentamos a beber y fumar. Mi amigo es un buen narrador, se llama Diego, el otro personaje es mi compañera, es historiadora y se llama Mariana. Circula, entonces, un vaso con pisco y un armado, entre los tres y de la misma manera se me ocurre hacer correr el cuestionario que me propone Un pequeño deseo.
¿Cuál es la importancia en nuestro medio de las publicaciones especializadas en arte y cultura?
D: Últimamente, difundir, legitimar autores.
A: ¿Cuándo no fue así?
D: Siempre fue así, pero ahora es más obsceno.
Entiendo lo que dice, creo. La revista más vieja de Córdoba que conozco es la Mediterránea, producida por los jóvenes Baldovin de los ’50, una revista increíble, con debates, textos literarios, crítica y trabajos de dibujantes y pintores que con el tiempo fueron muy importantes. Desde siempre la revista sirve para nuclear, para confirmar grupos, para terminar de fabricar cierta orgánica. El asunto es el para qué de cada caso.
Pensando las publicaciones como un espacio de diálogo de ideas, ¿qué motiva la decisión de hacerla, qué motiva al grupo de personas que la lleva adelante? ¿Cómo se mantienen? Nos interesa indagar en cómo configuran su espacio crítico.
D y M (al unísono): ¡No hay espacio crítico!
D: La primera noción es la de difusión del trabajo propio, y las mantiene la confrontación con otros grupos.
M: Pero para hablar de sí mismos.
D: Delimitar otro, un espacio, para confrontar.
A: Lo primero que se me viene a la cabeza son ejemplos, pero resulta que el abanico es muy amplio. “Cuidado con generalizar, cuidado con el reduccionismo”, me suena la alarma militante.
Nueva ráfaga de viento, peligra el almuerzo. Es un alivio ver cómo, minutos después, las llamas vuelven a retomar su verticalidad. Y qué raro que es pensar en el fuego como un standart de normalidad.
Me parece que en la mayoría de los casos es imposible pensar las publicaciones como “un espacio de diálogo de ideas”, y que más bien se trata de monologar, de construir verdad para legitimar el trabajo propio.
La noción de local (por oposición a regional o nacional) puede implicar una especificidad (muy informada o inmersa en un contexto acotado): ¿Cómo incide esto en la circulación de las publicaciones? ¿Se las puede pensar como medios de difusión, se pueden rastrear circuitos de publicaciones independientes, como herramientas de intercambio entre distintos espacios?
A: De nuevo, para que la noción de lo “local” funcione, es necesario delimitar un otro, lo “nacional” en este caso, puesto que desde Córdoba, si no se está mirando el ombligo hay un solo horizonte posible, que es Buenos Aires.
Pienso en el debate generado por La Intemperie, como posibilidad de discusión que trasciende el ámbito de lo local sin esfuerzo, o el trabajo de El Apuntador o de El Banquete, es decir, ahí podríamos rastrear una puesta en donde el lugar de la producción ya no es un condicionante para la construcción del aparato crítico, ahora, si vos ponés “somo’ lo má’ mejores del país” como slogan o tenés una revista producida desde Córdoba y evitás bajo todo punto de vista hablar de lo local, para dialogar con figuras del ámbito nacional (Buenos Aires, again) o del exterior, creo que hay una intencionalidad muy forzada, muy torpe, por querer ubicarse en “otro” lado.
Con respecto a la circulación, pregunto: ¿cuántas revistas producidas en Córdoba pueden adquirirse en Buenos Aires?, bien, supongamos que hay una porción que estén interesadas en “dialogar” fuera del circuito cordobés, ahora ¿cuántas, de esas mismas, están en lugares como Santa Fe, Mendoza, Río Cuarto, Villa María, etc.? Ya no es dialogar, entonces, con cualquiera. Es dialogar con los que cortan la manteca.
¿Las publicaciones en papel están perdiendo espacio frente a las digitales?
Reaparecen mis compañeros de mediodía, que se habían distraído con las alternativas del viento y el fuego.
D: Si.
M: Lo digital creció pero el papel también, lo otro no va en detrimento del papel.
D: En realidad lo digital es otro tipo de publicación, el blog, por ejemplo, es prácticamente una revista personal.
A: Borges decía una gorilada con respecto a eso: algo así como que Gutemberg vino a cagar la historia porque a partir de él cualquiera podía publicar. Es nefasto, pero viendo todo lo que se publica en estos días algo de eso hay. Creo que el interés de los actores involucrados por la publicación en papel sigue siendo el mismo.
¿Qué posibilidades tienen de influir en el pensamiento y la producción de los artistas? ¿Cuál es la respuesta del público?
Aparece Mateo de ocho años, y llega a escuchar la última pregunta.
“Cero”, responde, y nos reímos con ganas de darle la razón.
Diego se repone, ensaya una respuesta.
D: Produce influencia en su entorno inmediato, que no es poco. Lo interesante es que las publicaciones no esperan mucha más respuesta que la del público "cerrado". Es decir, los que están ahí, dando vueltas, que tienen cierto prestigio específico. No de otro tipo de público, más puro, más del sentido común, por fuera de los conocimientos y las estrategias de las disciplinas.
La carne está lista, nos disponemos a comer y desde la cocina vemos una nueva columna de tierra arremeter en el patio, pero ya no nos importa la suerte que pueda correr el fuego: lo producido queda en la mesa y las vicisitudes, su folclore, pueden ser arrasadas por el viento y sepultadas por el polvo.
Sobre el autor: Nació en el '72, es entrerriano, publicó en Córdoba los libros "Hache o cruz" (nouvelle, La Creciente, 2005), "Pescados" (premio Luis de Tejeda de poesía, Ed Municipal, 2007) y "Rocamora" (poesía, Recovecos, 2008). Fue parte del consejo editorial de La Creciente y ahora dirige Caballo negro editora.









